viernes, 10 de octubre de 2008

“Para que uno gane tiene que soñarlo.” (CharlieNess)



Hoy he vuelto a ver a Orión por El Este.

Para muchos, incluso para los que lo conocen, puede que esto les parezca irrelevante, pero para alguien que lo descubrió a los 10 años aprox., resulta todo un respiro. Créanme.

Orión, siempre símbolo de invierno y frio y de cortos días y noches tempranas.

Se sigue viendo Júpiter todos los días por El Sur, al cual le baila La Luna, noche tras noche, semana tras semana, mes tras mes, año tras…, quién sabe, flanqueado por Neptuno y Urano. Antes de amanecer, a eso de las ocho y cuarto, Mercurio y Saturno se dejan ver por momentos en El Este y recién puesto El Sol, sobre las ocho de la noche se pueden llegar a ver a Marte y a Venus por El Oeste.

Todo continua en ese patrón matemáticamente establecido y cuyo descubrimiento tanto tiempo nos va llevando. Y es evidente que llegar a resumir todo lo que ocurre, y llegar a conclusiones explicando lo que es el espacio-tiempo, ya sin preocuparse del movimiento mismo es algo tan necesario como absurdo. Dándole el protagonismo a la luz, que es, evidentemente, nuestro primer limite después del espacio, precisamente por tener la velocidad de la luz que “nosotros” nunca tendremos.

Está claro que el día que lo entendamos podremos dar para atrás y explicar lo ahora impensable, pero tal vez sea demasiado tarde o demasiado lejos

Yo prefiero estudiar y fijarme en porqué nosotros somos tan lentos y cómo podemos utilizar esa fuerza de la luz y transformarla en una complicadísima existencia que se opone continuamente y por cada instante ínfimo del universo. (Ejem. El cálculo último de nuestro movimiento en el espacio y nuestra ubicación en cada momento, efectuada por un ordenador cuántico que es capaz de procesar diez “teras-veces” más cantidad de información que la que se supone que pueda existir según nuestras estimaciones. Esto nos llevaría trillones de años aunque sería posible…)

Pero es más importante entender el movimiento en el espacio como el de una peonza que todos hemos visto. Una gran carga de maña a la hora de enroscar la cuerda, una tensión y una forma. Un aprovechamiento máximo de esa fuerza centrífuga. Y un resultado caótico, predecible, y siempre regido por unas leyes estrictas e infalibles (una vez que ha pasado, claro). Pero a cada tirada todo resulta diferente: una vez la peonza coge tal velocidad de giro que parece que estuviera parada, otra vez sale alocada y hasta que se coloca y gira sobre si misma nos parece como si algo le ordenase que así debe ser y otra vibra y convalece de un cierto desconcierto, y otras definitivamente la espicha.

Yo os dejo con Orión que lo podréis disfrutar aproximadamente hasta principios de mayo.

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